Antonio Rodriguez Yturbe. Disertaciones y pensamientos sobre la literatura, política, historia, etc.
miércoles, 24 de agosto de 2011
CENTRO
lunes, 4 de julio de 2011
ALGO...
jueves, 30 de junio de 2011
CANSA
Cansa
cuando se muere un sueño,
el aire semeja plomo y las gotas de lluvia
son cristales de sal entumecida.
Cómo cansa,
les digo que cansa
cuando las lágrimas se vuelven nada
porque nadie las ve cuando son algo.
domingo, 6 de marzo de 2011
RESQUICIO
ARY
miércoles, 8 de diciembre de 2010
EN DÍAS COMO ÉSTE
algo
ARY.
viernes, 8 de octubre de 2010
EL REGALO
Qué curioso es el engaño; desde chistes, conversaciones de sobremesa, susurros con voces casi inaudibles, rabias, vacío, depresiones, deseos de reciprocar... Podría elaborarse la mitad de un diccionario con términos de acción y reacción ante el descubrimiento irrebatible del ingreso al mundo de los cornudos. Por supuesto que de inmediato surgen las usuales interrogantes: ¿Por qué no me dí cuenta? Todos los días por el teléfono, entre frase y frase, me enviaba un beso prometedor de momentos inolvidables. ¿Dónde estaban los signos, gestos, comportamientos, que hubieran hecho pensar que algo extraño ocurría?
Lo despertó la voz de Felicia: -¿De nuevo en las nebulosas? Debiste estudiar Astronomía, encaja mejor con tu personalidad-. Respondió con lo único que podía responder: una mirada de sorpresa y un auténtico desconcierto.
300 correos. No había prestado atención a las fechas, pero calculando uno por día, sumaban diez meses, y agregándole unos dos meses más de conocimiento previo en el que los primeros devaneos no fueron transcritos, resultaba la patética cantidad de 360 días en que el cuerpo de su mujer había sido compartido como la cena familiar.
En tono apenas audible volvió a sus interrogantes: ¿Qué diría si supiera lo que sé?. ¿Lo negaría contra toda evidencia, partiendo del supuesto de que instaurar la duda, implica en si misma una ganancia? No hay nada que perder, después de todo. ¿Qué puede aducir?: yo no he tenido relación alguna con nadie que no seas tú. ¿Es qué acaso no vivimos juntos, amanecemos y nos acostamos juntos, discutimos, compartimos, tenemos los mismos amigos, vamos a los mismos restaurantes? Ni que quisiera, tengo tiempo para pensar en aventuras. Si lees bien esos correos, sin prejuicios, verás que son intercambios de opinión entre amigos, todos usamos una forma particular para expresarnos, algunas son de más confianza, otras más formales. Por otra parte, tu sabes que por Internet se dicen muchas cosas que en realidad no significan nada porque no se sienten. Tener una aventura por Internet, es como ser infiel con la computadora. Es un desahogo del espíritu que no involucra la carne. Todos fantaseamos, tú mismo cuando escribes tus cuentos, dejas correr tu imaginación, creas personajes, inventas historias, construyes dramas. Además – aquí estoy seguro que su rostro cambiaría, sus ojos se irían impregnando de rabia sostenida, su control a punto de desbordarse-, ¿con qué derecho lees mi correspondencia?, ¿es que no puedo tener privacidad? ¿quién te dio permiso para hurgar entre mis cosas? ¡Me estás vigilando! ¡A mí, tu mujer, la madre de tus hijos!, que todas las semanas lavo tu ropa sucia, tengo listo tu desayuno, llevo los niños al colegio y encima trabajo todo el día. Déjame decirte algo: deja tus obsesiones, consulta un médico, discute con el espejo, si quieres. Tengo que ocuparme de demasiadas cosas para perder el tiempo con celos tontos. Después daría la vuelta y sentiría un golpe seco y contundente en la puerta.
Mientras El Castor procedía a librarlo de su envoltorio, él se alejó imperceptiblemente hasta alcanzar la salida. No tenía interés en presenciar lo que iba a ocurrir cuando colocaran el disco y en la pantalla plana aparecieran en cuidado orden cronológico 300 correos electrónicos dirigidos al anfitrión. Además, la noche exhalaba una particular frescura, ideal para un largo paseo.
miércoles, 2 de junio de 2010
LA LLAVE
Foto Ary
jueves, 29 de abril de 2010
UN DIBUJO
martes, 13 de abril de 2010
OJOS DE MAR INDEFINIBLE
Hacia veinticinco años que lo habías comprado en La Guaira. Te gustaron sus reducidas dimensiones, el sobre cuadrado con sus bordes de un negro untuoso. Podría servir para introducir una tarjeta de presentación, seria tal vez, pero -después de todo- las tarjetas de presentación no se entregan como diversión, y menos aún cuando una acaba de graduarse. Flamante Licenciada en Comunicación Social. Así estaba escrito en el vidrio trasero del carro con marcador blanco, y que a nadie se le ocurriera borrarlo. Veinticinco años, cuando apretaste el acelerador del Humber y decidiste ir a La Guaira, porque sí, en uno de tus típicos arranques. Y más allá del malecón, cerca de la Redoma, estaba la tienda, Hojas en Blanco S.R.L, todo para su escritorio, jóvenes profesionales, estudiantes, letrados, si no lo tenemos es que no hay. ¿Recuerdas que soltaste una carcajada? Por supuesto, si no hay, no hay. Aun así, paraste en la esquina desafiando todas las argumentaciones de la prudencia, y entraste. Más allá de la puerta de collares colgantes, las Hojas en Blanco se transformaron en una quincalla abarrotada de los más disímiles objetos: bisutería de plástico, intensos aromas de incienso, minúsculos budas bien alimentados de arcilla, amenazantes leones de bronce vigilando los escasos clientes, monos de madera, platos con dibujos de pájaros en calcomanías y esas bolas de acrílico con figuras de nieve dentro, en un desafío abierto y contradictorio al sofocante calor. En una esquina, entre postales descoloridas, almanaques del año anterior y pisa papeles, estaban los sobres de bordes negros nítidamente dispuestos como manojo de cartas. Cuando ella se acercó (¿te acuerdas de la abundancia de carne colgando libremente de sus brazos, y aquellas uñas de morado profundo con dibujitos de caracol?), lo primero que percibiste fue su aroma de piel cuarteada por el sol, sus dedos –dos anillos en cada uno- y sus ojos pequeños, muy pequeños, escondiendo una sonrisa de mar indefinible. No te cuadraba, definitivamente no encajaba su físico con sus ojos, eran dos entidades separadas, dos mundos irreconciliables. Detrás de ella, un perro que ni del color te acuerdas, y un niño, casi adolescente, con su misma mirada.
Dicen que los ojos son el espejo del alma. Esa frase tan trillada no era aplicable en este caso (la vida enseña que en casi ninguno lo es). A menos que su alma fuera un galpón de realidades inconexas: olor de pescado frito, hambre, viajes sin retorno, azul de mar profundo donde la sal del mar se funde con el viento. Parecía una pintura surrealista dentro de un cuerpo básico y abandonado. Siempre me he preguntado como puede haber dicotomías tan marcadas entre el cuerpo y el espíritu. ¿Es que la contradicción abarca también lo corpóreo, las venas, la piel, la sangre, los objetos inanimados? Mientras se acercaba con su andar pesado y pimientoso, fue imposible sustraerme a su mirada, a las gotas de sudor colgantes de su cuello y sus pies diminutos, tan diminutos que era un desafío a las leyes de la física tratar de encontrar el punto de equilibrio. Y sin embargo, había música en sus movimientos, aleteo de gaviotas en sus pies. Cuerpo de pelícano, soltura de gaviota, me dije en aquel momento.
Recuerdo un circo que venía cada dos años a Caracas. Había un número de payasos, en el que todos eran increíblemente voluminosos observados con los ojos de una niña. Después me llevaron a los camerinos para saludar a los payasos y cuando me los presentaron no los reconocí. Era como si tuvieran otra piel, un cambio de gusano a mariposa, no podía conciliar los trajes abultados y colgantes con las personas muy delgadas, casi etéreas, que removían mi cabello y me regalaban caramelos.
Su pantalón me recordaba a los payasos; amplio, mezcla de azul incrustado de polvo, con un camisón que le llegaba a las rodillas y se desdibujaba en pliegues con cada movimiento de sus caderas. Y al final, como perdidos en el fondo de una marea danzante, unos pies que casi no se distinguían, como buscando fusionarse en movimientos intangibles pero reales, sus pies que no formaban parte de su cuerpo sino que andaban de la mano con sus ojos, sorteando cajas vacías, alacranes de goma, barbies desnudas y el perro que se protegía entre sus piernas, porque su miedo a un extraño era mayor que su temor a ser aplastado por una caída de su dueña.
Cuando ocurrió la tragedia del deslave, pensé con frecuencia en ella y el niño. Hojas en Blanco S.R.L., seguramente fue afectada como todo el litoral. No volví durante años a La Guaira, desde hace veinticinco años para ser precisos. Hasta hoy. El mismo calor, menos negocios, las playas congestionadas de sol, de gente, de licor y pescado frito. Paré en La Redoma. En el mismo sitio estaba la tienda como un homenaje a la supervivencia. Los collares de la entrada habían sido remplazados por un signo luminoso de Cerveza Fría. La quincalla se había transformado en un mostrador con taburetes de vinil. Un hombre barbudo, de cuerpo voluminoso y sostenido incongruentemente por unos pies diminutos que se movían musicalmente en abierto desafío a las leyes de la física y el lógico equilibrio, me miró. Tenía unos ojos muy pequeños escondiendo una sonrisa de mar indefinible.
ARY
jueves, 18 de marzo de 2010
COSAS QUE PASAN
Foto ARYPodría jurarle Licenciado, que la culpa de todo este embrollo la tiene el arbolito. Ese pusilánime y enjuto pinito que estaba allí plantado, en la esquina izquierda de este jardin que meticulosamente había planeado en largas horas de observación: Un grupo de geranios formando un corazón que contendría un injerto de rosas amarillas, nada de rojas Licenciado, muy vistas; cuatro metros a la derecha y en linea recta hacia el fondo, cien de los mejores bulbos de tulipanes; en el centro -y bordeando un sinuoso y estrecho empedrado- gladiolas salpicadas, y hacia la izquierda un grupo de hermosos y altivos pinos importados, de esos que se admiran en los folletos de viajes invernales; selecciones de hortensias en los contornos, lanzas de girasoles apuntando al sol, uno que otro robusto árbol vigilante de la grey. Todo ello, con un aderezo de claveles estratégicamente distribuídos porque, como Usted bien sabe, duran más que las rosas y desprenden un perfume muy delicado. Un pequeño jardin para la contemplación y el sosiego, relax como dicen ahora.
Cuando la Señora me llamó para encargarme de su cuidado - de su creación, propiamente hablando- no pude negarme. Decirle que no a sus ojos de nubes tormentosas, a ese olor de tierra recien mojada que emanaba de su piel, fue imposible Licenciado. Usted seguro conoce el dicho: "el espíritu es fuerte pero la carne es débil", y mi debilidad siempre han sido las pieles de avellana lustrosa y cabellos de azabache.
Entendámonos bien, nada más lejos que tener ideas equívocas o pensamientos libidinosos. Nunca Licenciado, porque, usted verá no se trataba de mis arrebatos fantasiosos con la señora. Esos quedaban siempre guardados en los recovecos de este corazón. Yo sabía que a la señora no podía recitarle aquel poema –usted que es muy culto quizá pensará que es cursi, pasado de moda- de un señor Buesa, que mi madre solía repetir hasta el cansancio, aun años después de haberse ido con su segundo marido, de esos que hacian derramar unas cuantas lágrimas a las muchachas de mi pueblo y que casi nunca fallaban. Era una fija para conquistar y después …bueno… usted sabe… Licenciado. Me acuerdo todavía frases: “Pasarás por mi vida sin saber que pasaste…pasarás en silencio por mi amor y al pasar/ fingiré una sonrisa como un dulce contraste/ del dolor de quererte … y jamás lo sabrás”. Ahh y ese final..ese final que uno soltaba las palabras suavecitas, cálidas, tiernas, con ojos de cordero degollado: “ Y si un dia una lágrima denuncia mi tormento/ el tormento infinito de quererte olvidar/ te diré sonriendo/ ¡no es nada! Ha sido el viento/ Enjugaré mi lágrima../ y jamás lo sabrás.
Todo iba bien –cómo podía ir mal-, ganaba lo suficiente, tenía mi casita al fondo de aquel jardin, justo donde comenzaba a ponerse agreste, porque a la señora le gustaban los contrastes. Y mis tres comidas diarias. No quería más. Soy hombre de gustos simples. De donde vengo tres comidas es un lujo. Café y pan duro para comenzar el día y después a media tarde una sopa bien llena de lentejas con morcilla. Y ya. Ni siquiero bebo. El alcohol mata. Si no que lo diga mi compadre –que en paz descanse- No he visto borrachera igual. La “Araña de Plata”, así se llamaba aquel bar, o aquel antro, o aquel tugurio (¿ve usted como yo tambièn tengo algo de letrado?), nunca fue lo mismo después de aquella noche. Dos muertos Licenciado, por una botellita de Cocuy y unas piernas saludables. Mi abuelo los mató a los dos. Se jugó a Rosalinda. Y cuando llegaba a su casa con su botellita y las piernitas saludables le vino el infarto. Fulminante. Tenía 58 años. la misma edad mía, si tengo que creer a mi mamá cuando presentó a aquel bebé de kilo y medio y sietemesino. Porque sabe usted? Ahora es muy fácil saber de quién es hijo quién. Pero antes Licenciado, aceptar que uno era hijo de su papá y su mamà, constituía prácticamente un acto de fe. Y más de donde yo vengo.
Pero volviendo a lo nuestro. Discúlpeme estos cambios tan bruscos. Estoy tratando de ordenar mis ideas. (¿Se acuerda cuando tocaron a mi puerta preguntando por la Señora? Y la cara de tonto que puse.) La Señora tenía su vida, como todos. Yo nunca presté atención ni me asomaba por la ventana de la cocina, cuando se celebraban aquellas fiestas. Pero cómo corria el whiskey Licenciado. Y del bueno. Ella no reparaba en gastos cuando de fiestas se trataba. Tampoco en gustos. Que se lo digo yo. Pero a mi me contrataron no solo por ser buen jardinero sino también por discreto; por eso, cuando ella entró en mi habitación yo intentaba dormir. Había sido una de esas noches de fiesta y la música y los gritos me sobresaltaban. ¿Dije gritos? Bueno, si los hubo, Pero eso fue al final, porque primero fueron las carcajadas y el baile. Podía oir los taconeos, trajeron un conjunto de flamenco con músicos y todo. La señora entendía lo que significaba divertirse. Y déjeme decirle que esa noche se divirtió.
¿Que cómo lo supe? Los hombres sabemos de esas cosas. Además cuando todavía no había salido el sol (yo no uso reloj Licenciado…me pregunto si lo ha notado), sentí unos pasos my suaves, de alguien descalzo alrededor de mi cama. No soy cobarde, pero tuve miedo. Era noche de octubre. Era luna llena. Y en octubre cuando hay luna llena suceden cosas raras. Mi mamá siempre me contaba historias de las noches de octubre y luna llena. Historias que me dejaban temblando. Hasta que sentí su voz y su mano de noche enfiebrada tocándome el hombro. Y yo no quería, le juro que no quería abrir los ojos, por que yo estaba durmiendo, y ella estaba en la fiesta y todo era un sueño.
Hasta que sentí el aliento de su boca en mi oido y su voz llamándome, sin prisa pero con insistencia. Imposible resistirse a esa voz. Quizá si le digo que era una mezcla del perfume de los tulipanes y la frescura de los pinos al amanecer tal vez me acercaría algo a su textura. Cuando abrí los ojos lo primero que vi fue una pequeña mancha roja. No vi rostro, ni brazos, ni cuerpo. Sólo una pequeña mancha roja que fue agrandándose a medida que adquiría lucidéz y mi vista se aclaraba.
Después vino su vestido esmeralda, su collar esmeralda, su anillo esmeralda, sus ojos esmeralda. Y su súplica: Tenés que ayudarme, veni…veni… tomá esa pala y seguíme. Ella era del Sur, Licenciado, de donde se beben los mejores tintos Malbec y se degusta el mas sublime dulce de leche… ¿Se fija que tengo algo de mundo?
¿Qué podía hacer yo? ¿Negarme? Nunca he podido hacerlo cuando me miran a traves de unas lágrimas y con el sonido de una angustia que atraviesa la piel. Así que me levanté, agarré la pala sucia de la entrada y la seguí.
Cuando llegamos al pinito que estaba en la esquina izquierda del jardín, casi rozando los geranios, me pidió que abriera un hueco grande como para que cupiera una persona adulta. Así me dijo. Una persona adulta. Yo no entendía nada Licenciado, solo veía esos ojos cubiertos de arco iris mirándome fijamente. Hasta que reparé en la sombra detrás del pino. Y cuando mi vista se acostumbró a la oscuridad, la sombra adquirió unas lineas y las lineas se transformaron en una figura, y la figura estaba rescostada del arbolito y una gran mancha roja cubría irregularmente su cuerpo.
¡Cómo no iba a ayudarla! Ella era tan frágil y sus manos inmaculadas no parecian haberse ensuciado nunca con un plato o planchando unas sábanas. Así como lo oye, aunque estemos tan lejos uno del otro. Quizá hasta hubiéramos llegado a ser buenos amigos. Siempre quise ser polícía, de los que investigan casos de crímenes refinados. ¿Sabía Licenciado, que los crimenes refinados son cometidos principalmente por mujeres?.
Mi trabajo estaba casi terminado y me aprestaba a cubrir de tierra mojada un cuerpo desconocido, cuando mi vista se percató de un gran bolso gris con reiteradas marcas de uso. Horas mas tarde me atreví a abrirlo, no encontré libros ni medicinas. Puro billete Licenciado, de los gordos. Fue uno de esos instantes, según mi mamá, que el hombre está forzado a tomar decisiones que no gustan pero se acatan.
Yo no tuve necesidad de tomarlas. Fue el pinito que las tomó por mi. El pinito que estaba justamente detrás de la señora, cuando resbaló y dio con su nuca un golpe seco contra el tronco. Son duros esos pinos, nadie mejor para saberlo que la señora, a quien traté de hacer reaccionar durante horas, `pero estaba muerta Licenciado.
¿Ya entiende por qué tomé el bolso de desproporcionada contextura?
Estoy seguro que cuando lea esta carta y contemple las fotografías que contiene, llegue a la conclusión que me encuentro en alguna isla del pacífico sur, disfrutando de sus calurosas y plomizas aguas. Y tendrá razón.
ARY


