No podemos dejar a la noche desnuda, tiritando de frío, mientras le cae ese profundo chaparrón de angustia, esa rabia de dioses fastidiados. No podemos permanecer estoicos, inmutables, como estatuas de sal ante el abismo de su terrible soledad, de su absoluta ceguera, huérfana de la luz. Por eso he decidido quitarme mi traje de pereza, mis zapatos de conformismo, mi corbata de circunstancias, y abrir de par en par las puertas de su intemperie para que nunca pueda reprocharme que no sentí su voz ni acogí su presencia.
Cuando siento las pisadas que todos los días me acompañan y recorren los mismos lugares, se dirigen a las mismas personas, cruzan al mismo ritmo y descansan en las suelas de unos zapatos que encuentro extraños, ausentes de mis verdaderos pies, puedo, a veces, separarme de mi piel, y mirarlas en su mullido tránsito conversando con el mundo en sus palabras de barro y su aliento de cortinas de humo y noches en blanco o en negro o en gris, barnizadas con la neutralidad de los años, pisadas de algodón y silencio y matizada rabia y calculada elaboración de efectos.